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Neoliberalismo (I): rasgos generales de la globalización

“Globalización” consiste en que el conjunto de mercaderes de las grandes urbes internacionalistas, decide gobernar el mundo entero como si de una enorme empresa se tratase. Las exigencias de esta mega-empresa global son acabar con todo tipo de fronteras (frenando a las personas, pero si dejando la libre circulación de mercancías y capitales), restricciones, particularidades territoriales, culturas tradicionales, soberanías nacionales o recursos productivos. Como una secta, la globalización extirpa al individuo de su marco habitual, plantándolo de sopetón en una nueva sociedad gris, homogénea pero con desigualdad de oportunidades y mentalmente uniforme, y encargándose de lavarle el cerebro para que jamás vuelva la cabeza hacia atrás: sólo puede aceptar la esclavitud quien no conoce otra cosa.

 


La globalización pide que los aparatos estatales sean organismos cada vez más débiles, corruptos, dependientes, decadentes y endeudados, que los Estados carezcan de un carácter autosuficiente, soberano y nacional, y que se vean subordinados a organismos mundialistas (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, Banco Central Europeo, Naciones Unidas, Unión Europea, diversos bancos, logias de todo tipo, think-tanks, etc.) para que no defiendan sus propios intereses, integrándose sin rechistar en las directrices cuasi-dictatoriales de los mercachifles de Wall Street, la City y Frankfurt.

La globalización exige también una libre circulación de productos, empresas, mano de obra, materias primas, información e ideas. Cuando estos recursos se hallan en manos de un Estado hermético y éste no quiere regalarlos, ni siquiera bajo soborno, a las megaempresas transnacionales, la maquinaria mundialista le hace la guerra a ese Estado, hasta que logra “liberalizar” sus recursos y ponerlos en circulación por la red global en lugar de permitir que los beneficios vayan a mejorar las condiciones de vida del pueblo de turno. En la práctica, “los mercados” cogen al país de turno, lo lo violan, lo saquean y venden sus recursos al gran capitalista de turno.

 


¿Por qué hay tropas españolas estacionadas en Afganistán y Líbano y no en el Sahara Occidental? ¿Por qué traemos manzanas de Chile o naranjas de Argelia, gastando una millonada en queroseno y petróleo (y liquidando todo nuestro propio sector primario), cuando podríamos cultivarlas en el patio de la casa del vecino? ¿Por qué aceptamos el usar a niños esclavos para producir cosas que podemos producir localmente? ¿Por qué tenemos una dependencia total y absoluta del petróleo ajeno en lugar de producir nuestra propia energía? ¿Por qué están nuestras empresas buscando en el extranjero mano de obra más barata, dejándonos a nosotros en el paro y fomentando la neoesclavitud? ¿Por qué se están llenando nuestras ciudades de negocios basados en las mafias y con privilegios que no puede ni soñar el ciudadano de a pie? ¿Por qué se permite la entrada masiva de multinacionales y grandes empresas que se cargan sistemáticamente a las otrora dignas PYMEs y autónomos de barrio (cada día desaparecen una media de 268), creadores del 80% del empleo en España? Y finalmente, ¿por qué se hemos aceptado que se estén destruyendo los derechos laborales que nuestros antepasados sólo conquistaron tras décadas de duras luchas obreras?

La globalización es la respuesta a todas estas preguntas. El neoliberalismo es el vehículo actual para ello y su vertiente extrema (deriva que trata de imponerse desde los órganos mundialistas), el anarcocapitalismo, el fin a conseguir.

Los procesos mundialistas siempre han venido de la mano de corporaciones multinacionales, poderosas entidades apátridas que flotan en el éter abstracto de “los mercados” como una nube que se encuentra por encima del bien y del mal, y que ―a pesar de provocar guerras, crisis y cosas peores― no están sujetas a ley alguna, no responden ante nadie, mandan callar a los presidentes, manipulan a los pueblos, poseen mejor información que los servicios de Inteligencia y no le deben lealtad a ningún gobierno, antes bien, son los gobiernos los que (en las economías neoliberales capitalistas) trabajan para ellas.

La deslocalización empresarial es uno de los efectos directos de la globalización. En la práctica, se reduce a “evasión de capital y medios de producción a países con mano de obra barata y sumisa”.

Y es que “globalizar” implica liberalizar el mundo empresarial, permitiendo cualquier cosa con tal de obtener productos baratos que se produzcan y consuman a cada vez mayor velocidad. El efecto de esta política neoliberal ha sido que miles de empresas sin escrúpulos han abandonado sus lugares de origen en Occidente para instalarse en países orientales (China, India, Indonesia, Malasia, Bangladesh, etc.) donde la mano de obra es muchísimo más abundante, barata y sumisa que en el Primer Mundo.

El actual sistema busca instintivamente un filón a explotar, y cuando el filón se acaba o “pasa de moda”, se dirige al siguiente como un ermitaño. Durante mucho tiempo, Occidente fue el filón a explotar. Ahora la consigna es mano de obra oprimible y empresas totalmente libres de cualquier regulación estatal: el nuevo filón es Asia Oriental. De ese modo, el capitalismo salvaje, despojado de ataduras, es el responsable directo del ascenso de los regímenes explotadores y fundamentados en la neoesclavitud. Si en vez de una enorme economía global competitiva existiesen infinidad de economías independientes, proteccionistas, “de circuito cerrado” y cooperativas, jamás podría darse esta situación.

 

 

En España, para esconder las cifras de paro provocadas por las deslocalizaciones empresariales y el desmantelamiento de nuestra potencia agrícola e industrial, el Gobierno (presionado siempre por “los mercados”) ha subvencionado el turismo masivo, la hostelería, la burbuja inmobiliaria e incluso la burbuja estudiantil. Con ello, el partido de turno ha logrado meter bajo las designaciones “obrero de la construcción” y “estudiante” a un montón de personas que no tenían perspectivas reales de trabajo, por la ausencia de una economía verdaderamente productiva. Era obvio que este panorama no podía prolongarse indefinidamente, pero eso poco importa en un sistema donde los gobernantes sólo piensan en términos de cuatro años como mucho.

 

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